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Ya se lo que algunos se imaginan, pero no. Aunque la volví a ver hace poco, no me refiero a la película ochentera de Fatal Atraction en donde Glenn Close acosa a Michael Douglas en el más puro estilo psicótico-maniático-compulsivo. De lo que estoy hablando es de nuestra propia atracción fatal. Aquella – o aquellas – que todos tenemos en nuestra vida y que no nos permiten lograr lo que queremos, llegar a nuestras metas o superarnos cada día.

El diccionario de la lengua española nos presenta varias definiciones de atracción. 1. Acción de atraer, 2. Fuerza para atraer, 3. Lo que despierta interés o simpatía, 4. Espectáculos variados que forman parte de un mismo programa. Dentro del contexto del comportamiento humano, la definición 2 y 3 son las que mejor se adaptan para propósito de este escrito. Lo que genera la atracción es aquella fuerza que despierta el interés o simpatía en nosotros. Sin embargo, algo que se escapa a la definición es la bondad de la atracción. La atracción por si sola no es buena o mala. Depende de cada individuo. La mala noticia es que todos tenemos atracciones fatales. Algunas son más fuertes que otras, pero todos las tenemos. Muchos tenemos o conocemos un amigo con una atracción por el juego, el alcohol, las relaciones destructivas, las parejas dominantes, la autocrítica, el chisme, etc. Las hay de todos tipos, pero hoy quiero hablar de una que nos incumbe en lo particular. El camino fácil. El mexicano tiene una obvia atracción por el camino de menor resistencia. Como cultura tenemos una atracción fatal con la ley del mínimo esfuerzo. Hace algunas semanas escribía en otro artículo sobre lo contagioso de la mediocridad. Pues el camino fácil es su primo hermano y es igual de contagioso.

La explicación es sencilla. El camino más fácil es muy atractivo para el cerebro porque nos permite conservar los recursos que podríamos necesitar para el futuro. El que conserva más recursos tiene mayor probabilidad de supervivencia. Sin embargo, una y otra vez la experiencia nos demuestra que el camino fácil no es el mejor. No solo porque el flojo trabaja doble, como dice el refrán, sino porque al tomar el camino del menor esfuerzo perdemos procesos de pensamiento, reflexión y disciplina que nos hacen mejores cada día. Esta es la cultura de la excelencia. No solo hacer las cosas bien a la primera, sino buscar siempre la forma de hacerlas mejor. Con menos dinero, con menos esfuerzo, en menos tiempo, con mayor calidad. Todo es perfectible, pero solo si así lo queremos ver.

El éxito no es fácil. Requiere disciplina, dedicación, enfoque, manejo de la frustración, renovación, cuestionamiento, perseverancia, tenacidad, tolerancia y preparación, entre otras. En ningún lado cabe el camino del menor esfuerzo. Es el momento de una pequeña reflexión. Si crees que últimamente has desarrollado un gusto por el camino fácil ten mucho cuidado, no vaya a ser que se convierta en tu atracción fatal.

Patricio Ramal | Nevermind

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